La relación entre el modelo de desarrollo científico y tecnológico

En la antigua Grecia clásica la mayoría de los filósofos de la naturaleza se ocupaban de una ciencia teórica (episteme) sin una técnica empírica (techne) –Arquímedes fue una brillante excepción–; ambas eran, pues, ontológica y causalmente independientes. Sin embargo, es muy difícil apoyar esta tesis en la actualidad (Niiniluoto, 1997). Hace años, fue defendida con matices por De Solla Price (1965, 1972), el cual afirmó que la interacción entre ambas es más débil que la que suele darse entre las nuevas y viejas tecnologías. Basalla (1988) también sostiene que, en los aspectos fundamentales, la mayor parte de las novedades tecnológicas derivan evolutivamente de inventos anteriores, a pesar de que la conexión entre la ciencia y la tecnología contemporáneas sea muy importante en la mayoría de los casos.

Para ilustrar este modelo suele recurrirse a casos históricos como la primera revolución industrial que se produjo en Inglaterra a finales del siglo XVIII y cristalizó en las primeras décadas del XIX (minería, máquinas térmicas de Newcomen y Watt, telares mecánicos, metalurgia…), el rápido desarrollo industrial de EE.UU. durante el XIX y el de Japón en el XX. Ninguno se vio precedido por un incremento notable de la investigación científica en los campos afectados. Tampoco la tecnología militar dependió de la ciencia hasta finales del siglo XIX. En la misma línea, Staudenmaier (1985) ha mostrado que, incluso durante 1966, más del 90% de la investigación sobre los sistemas de armamento realizada en EE.UU. no fue representativa de un desarrollo tecnológico basado en la ciencia. Sin embargo, como contrapartida, pueden señalarse otros ejemplos de signo contrario, como el de Alemania en el XIX (desarrollo industrial derivado del electromagnetismo, industria de los tintes basada en la química orgánica, motores de combustión interna como consecuencia de la termodinámica…) y EE.UU. en el XX, donde la relación entre la ciencia y la tecnología ha sido mucho más intensa, especialmente desde la aparición de la macro ciencia (incluyendo también la muy importante contribución de la ciencia al ejército).

Aunque la ciencia y la tecnología sean dos entidades independientes, las conexiones entre ambas –defendidas en la tesis de este modelo– han ido en rápido aumento desde el siglo XIX (Sánchez-Ron, 2004; Ziman, 1976). Una muestra de ello fue la creación en Alemania, durante 1887, del Instituto Imperial de Física y Tecnología (Physikalisch-Technische Reichsanstalt), conocido por su acrónimo en alemán PTR. No obstante, hay cierta tendencia a mostrar tal interacción con un exagerado sesgo favorable al sentido que va desde la ciencia a la tecnología en detrimento del opuesto. Para ello, se recurre a diversos ejemplos de innovaciones tecnológicas basadas en la ciencia. Son paradigmáticos los desarrollos de las industrias electromagnética y de los tintes durante el último tercio del XIX, el de la ingeniería nuclear con fines militares y civiles para la producción de energía eléctrica en el XX y las aplicaciones médicas e industriales de la biología molecular y la ingeniería genética (biotecnologías), que aún están en pleno desarrollo con grandes expectativas en el siglo XXI (Ziman, 1984). Ahora bien, como contrapartida, tampoco debe olvidarse que la práctica científica está muy condicionada por la tecnología (Hacking, 1983; Ihde, 1997), así como que gran parte de la ciencia que se hace actualmente en todo el mundo responde sobre todo a prioridades tecnológicas civiles y militares (Acevedo, 1997b). Es difícil encontrar hoy algún campo de conocimiento científico que no sea escrutado para determinar sus potenciales beneficios comerciales, por lo que todas las ciencias que aún no lo han hecho están en vía de dar lugar a sus correspondientes tecnologías. De este modo, se ha hecho posible, al menos en parte, el programa baconiano que estaba en el origen de la ciencia moderna. A la vez, en la actualidad todas las tecnologías también tienden a generar sus propias ciencias (Ziman, 1984). Ciertamente, durante el siglo XX la práctica tecnológica se ha hecho mucho más científica, no sólo por los numerosos conocimientos que le ha proporcionado la ciencia, sino por haber incorporado a su práctica metodologías científicas más sistemáticas de un modo consciente y extendido. Pero, al mismo tiempo, la práctica científica también depende cada vez más de las aportaciones de la tecnología: instrumentos y sistemas de precisión, nuevos problemas de investigación, métodos, conocimientos teóricos, conceptos y modelos que se usan como analogías y metáforas, etc. (Niiniluoto, 1997). Así mismo, la ciencia está cada vez más ligada a los intereses tecnológicos (Acevedo, 1997), hasta el punto de que ha ido desplazando su modo de hacer y su organización desde los característicos de la ciencia académica hasta los más típicos de la ciencia realizada en los laboratorios industriales y gubernamentales (civiles y militares); de otro modo, la práctica científica también se ha hecho mucho más tecnológica.

La ciencia depende ontológicamente de la tecnología

El cuarto punto de vista es opuesto al anterior y se apoya en el hecho de que la técnica precedió históricamente a la ciencia. Esta tesis, en la que las teorías científicas se contemplan como instrumentos conceptuales sofisticados de la práctica humana (visión instrumentalista de la ciencia), ha sido defendida por Ihde (1983). Guarda relación con el punto de vista materialista de la tecnología propio de la dialéctica del pensamiento marxista, el cual afirma que la ciencia no es más que una forma intensificada de tecnología (Ihde, 1979). De otro modo, es una tesis asociada a las denominadas filosofías de la praxis (marxismo, pragmatismo…), que sostienen que la ciencia se mueve por intereses tecnológicos y se supedita a la razón técnica (Acevedo, 1997). Desde esta perspectiva, la ciencia se considera también una dimensión más de los sistemas socio tecnológicos complejos (López-Devesa, 2001). En una línea de pensamiento similar, Sanmartín (1987, 1990) ha desarrollado un modelo de corte materialista, que pretende mostrar cómo influye la tecnología en la interpretación del mundo natural a través de la ciencia. Según este autor hay tres tipos de teorías científicas:- Las que tratan de dilucidar las causas del éxito o el fracaso de ciertas técnicas pre científicas o tradiciones operativas. Esta clase de teorías permite sustituir una técnica pre teórica por una técnica teorizada, o bien una técnica teorizada por otra más elaborada. Así, en la base del edificio científico, los problemas que la ciencia intenta resolver caen dentro del ámbito de la técnica, si bien las respuestas que se dan son más de carácter explicativo (por qué) que comprensivo (para qué). Este primer grupo de teorías científicas son, pues, explicaciones tecnológicas de aspectos concretos del mundo.- Teorías más generales, que nacen de la reflexión sobre ciertas tecnologías e intentan explicar por analogía cuestiones pertenecientes a otros campos de conocimiento. Este proceso de extrapolación conceptual provoca cambios en el significado de los conceptos clave de una teoría científica o tecnológica al extenderlos más allá del contexto para el que fueron creados. De este modo, se contribuye al aumento de generalidad de las teorías científicas y a la unificación teórica (reduccionismo epistemológico).- Paradigmas con enunciados de gran generalidad, que se elaboran como programas metafísicos de investigación para configurar una cosmovisión dominante durante un amplio período de tiempo. El contenido de un paradigma viene suministrado por teorías de los dos tipos anteriores que quedan incluidas en él. De este modo, durante el siglo XIX, algunos oficios antiguos generaron ciencias basadas en la técnica; por ejemplo, buena parte del desarrollo de la termodinámica se debe a la reflexión teórica sobre las máquinas de vapor que habían construido los técnicos ingleses del XVIII y la química orgánica industrial se potenció en parte por los intereses de los fabricantes de tintes. De manera similar, en el siglo XX, muchos conocimientos metalúrgicos se incorporaron a la ciencia de los materiales, pudiendo encontrarse más ejemplos parecidos en agricultura y medicina. Aunque pueda resultar muy atractiva para algunas personas, la tesis instrumentalista de la ciencia sostenida en este modelo falla a la hora explicar el programa teorista de la ciencia helenista clásica, que se desarrolló de modo independiente de cualquier actividad técnica o interés tecnológico (Niiniluoto, 1997).

Aunque algunos de los modelos mostrados pudieran parecer más satisfactorios que otros, quizás lo más prudente sea afirmar que ninguno de ellos es capaz de dar cuenta por sí mismo de las cambiantes relaciones entre la ciencia y la tecnología. La historia de la ciencia y de la tecnología es lo suficientemente rica y diversa como para poder resumir tales relaciones en un único modelo (Ziman, 1976). Por lo tanto, menos aún puede servir alguno de ellos para explicarlas adecuadamente en cualquier época, porque las relaciones no han sido siempre las mismas a lo largo de la historia (Gardner, 1997; Gilbert, 1992), habiendo cambiado también a través de los tiempos el ejercicio y la organización de las prácticas científica y tecnológica. Pese a todo, no parece que la ciencia y la tecnología sean una misma entidad, y tampoco que haya una relación causal directa y simple entre ambas.

  Bibliografías

http://www.campus-oei.org/salactsi/acevedo3.htm

http://www.campus-oei.org/salactsi/acevedo4.htm

http://www.campus-oei.org/salactsi/acevedo7.htm

http://www.bib.uab.es/pub/ensenanzadelasciencias/02124521v16n3p409.pdf